De Grace Kelly a Ibai Llanos: Símbolos de la desconexión

De Grace Kelly a Ibai Llanos: Símbolos de la desconexión

Pasa que una noche te da por echarle cuenta a alguien con más primaveras que tú y te sientas a ver una película que cuando naciste ya contaba con la friolera de 46 años de antigüedad. Andas enfrascado en estos cálculos absurdos, que lo único que persiguen es alimentar esa estúpida aversión a todo lo inveterado, reforzar tu reticencia a los largometrajes de otra época. Empieza y no sabes por qué, pero te interesa, te engancha. Ensayas una mueca escéptica, pero en el fondo estás disfrutando. Despliegas esa estulta y orgullosa manía que tenemos muchos de no saber o no querer reconocer que nos equivocamos prejuzgando, ese empecinamiento que muchas veces obstruye nuestras vivencias y limita nuestro crecimiento. No sabes cómo agradecer que te hayan obligado a abrir tu mente, y mientras sigues sorprendiéndote con las secuencias del descubrimiento, notas que, de soslayo, los ojos de tu flamante asesor se clavan en ti. Te mira, lo miras. Mueve la cabeza con un mohín de superioridad. Tú solo puedes reírte y asentir. Transcurren las escenas hasta que aparece una melena rubia, una silueta moldeada por ángeles de otro tiempo, una cara y unos ojos que acaban por completar la definición que tenías de belleza. “Es Grace Kelly”, dice tu acompañante. Pero tú no estás allí, te ha hipnotizado Frances y sigues boquiabierto hasta el final. Termina y tu abuelo se va a dormir y tu aciertas a decir avergonzado y en bajito: peliculón. 

Alfred Hitchcock, Cary Grant y sobre todo Grace Kelly me dieron esta lección hace poco. Muchas veces descartamos hacer, ver y escuchar cosas que creemos que no nos pueden aportar nada por el simple hecho de pertenecer a un tiempo que no concuerda con nuestra edad. Al igual que yo con mis inexpertos 19 años, muchos adultos más avezados y aguerridos en el noble arte del vivir, deciden obviar e incluso despreciar todo lo que pueda llevar la palabra juventud asociada. Del mismo modo que puede ocurrir que a nosotros (los jóvenes) nos produzca rechazo todo lo que tenga que ver con el pasado, a algunos adultos les da alergia todo lo que pueda significar tener que cambiar sus esquemas mentales. El repudio a la novedad solo acarrea retroceso. De poco sirve quedarse a vivir en un tiempo que ya acabó. Ni todo lo viejo tiene que ser aburrido para las nuevas generaciones, ni todo lo reciente tiene que ser burdo e inservible. Con frecuencia, las personas que se piensan cultas y se cierran en banda al progreso son las que quedan obsoletas. El único miedo que tienen es que al abrirse a nuevos conocimientos su condición de eruditos pueda verse afectada, cuando una de las condiciones innegociables de una persona inteligente es la de ser curiosa y abierta. El sabio que no avanza solo es un pedante. Pienso en ellos como una televisión vieja encendida a la que se le pixela el teletexto. No deja de ser el mismo error que cometemos muchos jóvenes. Menospreciar sin conocer es atacar sin armas. 

Este problema de desconexión entre la vieja y la nueva escuela nos atañe a todos. Cada vez hay más puritanos en todos los campos, académicos de la sinrazón que piensan en la renovación como el modo más flagrante de traición. Incurren en el error de querer inculcar valores de antaño sin dejar que se establezcan nuevas formas de hacer las cosas. Quieren parar las obras de la creatividad poniendo líneas rojas a cada paso que damos. Tienen una concepción distorsionada de la pureza porque lo realmente puro es lo que se deja que emane de la libertad productiva de cada ser.

Dar la espalda a la vanguardia es un craso error que se paga muy caro. Creer como creen muchos periodistas “castizos” que Ibai Llanos no es más que un gordo simpático que se está beneficiando de la incultura y el amodorramiento de la juventud, es de vivir en un universo paralelo. Ahí están las audiencias, los datos y las entrevistas exclusivas que en bata y desde su casa está consiguiendo. Te puede gustar más o menos el contenido, pero si te están comiendo la tostada de una forma tan descarada, lo mínimo, en vez de clamar al cielo y echar pestes sobre lo que se ha convertido en tu competencia, es estudiarlo. Hay un nuevo tablero y las reglas han cambiado, querer pasar por alto la influencia que están teniendo Twitch, Youtube y Tik Tok en la comunicación actual es querer perder. Ya no vale limitarse a Twitter y a Facebook. Hay que tener claro lo que es un periodista, saber lo que es información y lo que no, pero también hay que estar en los canales por donde se mueven las personas, que al fin y al cabo son los que van a consumir esa información. Hacer caso omiso de los fenómenos que se producen es comprar papeletas para el olvido, instalarse en el ático de la irrelevancia. 

Apartarse del nuevo mundo y querer barrer para lo que se conoce y se controla puede servir como parche o tirita durante un tiempo limitado, pero solo denota una torpeza enorme. Como la de aquellos flamencólogos que decidieron cargar contra Rosalía sin darse cuenta de que ella sola ha roto fronteras y ha llevado a través de su música la cultura a un sitio preferencial en clave internacional. La historia está llena de casos en los que los reacios al progreso que sentaron cátedra, luego se tuvieron que callar y subir al barco con el rabo entre las piernas. En este momento, ignorar que a C.Tangana lo dejaron de querer cuando más falta le hacía o que Bad Bunny ha sacado disco nuevo, es querer pasar a pies juntillas por la actualidad, por insulsa que parezca. Informarse, aunque sea para desmontar, adquirir nuevos conocimientos o quien sabe si para disfrutar de gratas sorpresas.

SANTI GIGLIOTTI

Lo que pega

Lo que pega

Una de las mayores putadas de esta vida es sentir unas ganas irrefrenables de ser feliz en un momento poco oportuno. Experimentar una dicha plena y toparte con otros que hace poco que la extraviaron, o peor aún, con algunos que ni se acuerdan de lo que se sentía cuando los protegía la armadura del positivismo, ese escudo, muchas veces irreal, que nosotros construimos como defensa ante nuestra apatía. Hablo de esos días cuando todo te parece bien, cuando aprecias cómo la taza bosteza debajo de la cafetera y posteriormente observas cómo se diluye el azúcar en la espuma del café, poco a poco, como si los granos se resistieran a acabar en la parte de abajo, y piensas que has ganado la primera batalla, que has conseguido endulzar el amargor a golpe de cuchara, y no te importa dar vueltas y más vueltas con tal de que el primer sorbo del día sepa rico. Temporadas en las que albergas una alegría abrumadora, justo cuando los demás han entrado en depresión, cuando a tu alrededor todos han decido callarse, cuando nadie lleva una sonrisa suelta. Pero tú sigues en tu burbuja y mueres de placer con gilipolleces como la que he narrado del café, deleitándote con momentos intrascendentes, destilando una plenitud de mañana de sábado. 

Son momentos en los que nos esforzamos en mostrarle a todo el mundo la suerte que tenemos, aferrándonos a mantras que olvidamos lo mal que nos sientan cuando somos nosotros los que estamos en el lodazal y nos viene el coach de turno a restregarnos en la cara su ímpetu porque nos unamos a sus ganas de pintar arcoíris sobre la bruma. En eso nos convertimos cuando queremos hacer gala de nuestra bonanza, en tocapelotas redichos que niegan la certeza de que hace apenas dos días no reunían las fuerzas suficientes para hablar con alguien sin enseñarle los dientes, en esa influencer que desde el inmenso sofá, de su inmenso salón, en su inmensa casa, le revela a sus millones de seguidores un lunes por la mañana en tono confidente que hoy se ha levantado sin ganas de nada, para continuar en la siguiente stories diciendo que de todas formas luchará por sacarle la parte buena al día, porque ella es de ver el vaso siempre medio lleno, culminando la arenga con un “espero que hagan lo mismo mis guerreras”. Posteriormente, estoy seguro de que se desmaquilla y vuelve a la cama con el convencimiento del trabajo bien hecho, con el orgullo de que el papel que representa en la sociedad es imprescindible. 

Somos unos yonkis de la felicidad impostada, cuando el único camino para ser feliz es el haber estado antes triste. Nadie sonríe sin haber llorado, nadie conquista sin pasar vergüenza, nadie muere sin haber vivido. Son peajes que hay que estar dispuestos a pagar, sino la sonrisa solo será una mueca empática que disfrace una mala ostia reprimida, el enamoramiento un vínculo de conveniencia tan blando como el esfuerzo que lo soldó y la vida una mentira que culminada dará paso a la inexpresión más inquebrantable. La muerte no permite ni matices, ni expresiones. La felicidad debe ser fugaz, jamás ha de convertirse en hábito. O dicho de otra manera, hay que disfrutar de estar triste, cultivar la desgracia para luego exprimir esos momentos en los que realmente tenemos ganas de partirnos la caja hasta que asomen esas otras lágrimas, las de la carcajada real. Ese grito que pellizca las abdominales y se contagia con una mirada. 

Me parece contraproducente esa incipiente costumbre de esconder bajo la cama nuestra aflicción. Es necesario defender el legítimo derecho de estar triste, apagado o alicaído. La desgracia, el infortunio y la injusticia existen, ahí tienen todas las canciones, películas, cuadros y fotografías que las reflejan. Suele decirse que cuando el creador anda peor, mejor es la obra. Sería absurdo pintar una playa en calma, teniendo un tsunami en el interior. No digo que haya que convertirse en un pesimista irreductible, pero odio eterno a la felicidad de careta. Soy partidario de intentar revertir cuanto antes la pena, aunque amo con fuerza la melancolía por todo lo que me ha dado. En la noria de los sentimientos un día estás abajo, besando la lona y otro día estás arriba, exultante. Es ahí cuando sientes que vas a contracorriente, cuando piensas que el universo se ha conchabado para ensuciar tu alegría. Tus amigos están de bajona, las calles tienen horario y lees en Twitter que ha muerto el Diego. Es una putada querer ser feliz en un momento poco oportuno. Y el 2020 lo es. Hoy andaba contento, no me siento culpable. Mañana o pasado volveré a estar triste, que ahora mismo es lo que pega. Probablemente haya alguien que tenga ganas de echarse unas risas. Intentaré contagiarme de su ánimo. Así es como funciona esto, sin hashtag ni palabrería barata, el buen rollo no se impone, se contagia (eso sí que no pega ahora).

SANTI GIGLIOTTI

Saberse ir

Saberse ir

En el anaquel de mis victorias tienen un sitio privilegiado algunas retiradas. No me escondo, siento orgullo de alguna vez que recogí cable a tiempo, que fui capaz de no hacer mella en la herida, que no contribuí a terminar de sentenciarme. Me saben a triunfo las noches en las que cerré el grifo ante la inminente posibilidad de hincar rodilla, concibo como verdaderas conquistas más de alguna recogida que me evitó el mal trago de traspasar la fina línea que divide la desinhibición y el sentido del ridículo. Hay veces en las que toca replegarse para poder volver a avanzar, en las que  no quemar todas las naves acaba siendo crucial para el futuro, donde picar billetes es lo más sensato. 

Nos cuesta mucho marcharnos, hacer las maletas y poner rumbo a otros sitios. Nos aterra cerrar etapas, dejar atrás lo que hicimos y empezar a pensar en lo que haremos, terminar de fantasear con lo que somos y comenzar a edificar lo que seremos. Le tenemos mucho miedo a los cambios de aires, a dejar atrás la incertidumbre conquistada para sumergirnos en otra. Somos esclavos del pánico, que nos acaba atenazando la lucidez y nos impide utilizar todos nuestros efectivos en la empresa más importante: despedirnos bien. 

Resulta trascendental saber medir el tiempo que realmente debemos estar. Ser capaz de descubrir pronto si encajamos o comprender que es momento de ausentarse, cuando después de un largo periodo nos damos cuenta de que ya lo único que podemos conseguir es desmejorar lo que hicimos antes. Hay que escapar de los sitios donde no se nos quiere, despojarnos de la venda del condicional, tratar de no autoconvencernos con excusas baratas, dejar de inventar pretextos que nos pongan a los pies de los que nos desprecian. Ocurre con frecuencia que la palabra retirada se asocia con comportamientos cobardes, le añadimos connotaciones negativas que no siempre sirven. Irse no tiene por qué significar huir, voy a más, para huir muchas veces hace falta más gallardía que para quedarse. 

 Sin embargo, de los sitios donde fuimos felices y nos sentimos realizados, hay que aspirar a marcharse como si fuéramos a volver, aunque nunca debamos hacerlo. La despedida, cuando es definitiva, es el epitafio de una relación, el remate de una faena, la guinda de tu propio pastel. Debemos calibrar que en el último adiós estamos escribiendo con tinta indeleble en la retina de nuestros interlocutores. La última vez siempre es la primera que se recuerda, por ello conviene ser consciente de que mostrar gratitud o cerrar de un portazo condicionará la forma en la que se rememore nuestro legado. 

Saberse ir es de lo más complicado que existe, ser agradecido con quien nos brindó su generosidad, su amor o su tiempo y ser elegante con quien nos hizo la vida imposible. Aprender a poner el punto final de los finales sabiendo que ya no habrá más puntos suspensivos, saber que en los últimos estertores nos jugamos nuestra memoria. Hay que evitar actuar como el ladrón de banco que tiene planeada la huida antes del atraco, pero hay que emular al buen jugador de póker que sabe retirarse cuando sabe que va a perder. 

En la medida de lo posible hay que intentar ser el jugador que al colgar las botas mantenga el cariño de la grada, el amante que preserve las caricias y las noches, el amigo que mantenga guardadas con pestillo las confidencias que se le revelaron cuando la confianza aún no se había desvanecido, el presidente que acata y defiende la democracia que le llevó a ser presidente, el monarca que se queda en su país orgulloso de su herencia. Porque saber marcharse bien y a tiempo solo depende de uno mismo y de como quiera que se le recuerde.

SANTI GIGLIOTTI

No lo olvide, usted también fue joven

No lo olvide, usted también fue joven

La semana pasada Violeta cumplió dieciocho años y tuvo que hacer una criba entre sus amigas para elegir quienes eran las cinco que venían a su casa a celebrarlo. En julio, después de haber terminado la ebau, se fue a un bar a tomarse algo para festejar que había finalizado con éxito una etapa que había ocupado doce años de su vida. Nada de discotecas, nada de viajes. Acto seguido, un agosto descafeinado. Conformado por breves episodios de felicidad intermitente, por trazas de una ilusión de marca blanca, por el veneno de una rebeldía a cuentagotas, que antes de estrenarse ya estaba caducada. Un descanso capitalizado por sucedáneos de una libertad tan efímera que poco o nada tenía que ver con aquella premisa que utilizaba a modo de jaculatoria durante los atracones de libros y apuntes “ será el mejor verano de mi vida”. 

Ahora una universidad online, donde el aula es su habitación y sus compañeros de facultad pequeños recuadros en la pantalla del ordenador. Las tardes, dado que se han suspendido los entrenamientos de voleibol, las pasa al teléfono con Sandra lamentándose e imaginándose lo que estarían haciendo si la situación fuera normal y sobre todo rememorando anécdotas, noches y momentos que las hacen borrar los malos augurios que las persiguen. Por la noche, Violeta se tumba en la cama con el móvil y barre Instagram de arriba a abajo. Ella es de las que siempre ha pensado que los momentos hay que disfrutarlos y sentirlos al máximo y que la influencia del móvil es un estorbo cuando se pretende vivir al cien por cien un acontecimiento. Sin embargo, ahora viendo las instantáneas y los vídeos que publica la gente en las redes sociales, siente un poco de envidia de no tener una galería plagada con todos aquellos recuerdos de los que antes hablaba con Sandra. Del que no se olvida es de Julio, con la luz ya apagada y justo antes de dormir revisa su foto de perfil de WhatsApp y cierra los ojos con el interrogante de si habría ocurrido algo entre ellos si todo hubiera seguido como estaba. 

Aunque no lo crean, el nuestro es un universo complicado, compuesto por cascadas de incertidumbres, por vírgenes parajes, por el esquizofrénico solsticio de nuestra estabilidad. Estamos poseídos por hormonas juguetonas, por amores, por odios, por inseguridades, por interrogantes. Por deseos de ver lo que queda en el horizonte. Estamos de mudanza y no tenemos ni la casa construida. Estamos afianzando el suelo de la amistad, pintando las paredes del sentir, alicatando el techo de nuestras convicciones. Hacemos equilibrio en el acantilado de las primeras veces, damos palos de ciego a una piñata que en el fondo es una bomba, llevamos la vitalidad y la diversión fluyendo por el cauce de nuestras venas. Somos jóvenes, impacientes, osados, rebeldes, temerarios, atrevidos. 

Cargamos la cruz de la inconsciencia pero tenemos ganas de gritar ante la injusticia, andamos con la cabeza embotada, despistados. Pero también queremos con la pureza de al que todavía le quedan muchas cosas por ver, simplificamos la operación y celebramos como nunca el resultado, pecamos con ganas y nos arrepentimos con fuerza. Nunca esperamos a encontrarnos con las piedras, las buscamos y nos golpeamos con ellas. Luego las echamos a la mochila y presumimos del trofeo. Hasta que un día debe ser que la mochila pesa tanto que se rompe y al romperse nos convierte en adultos y hace que de repente se nos olvide que fuimos jóvenes. 

Tiene que ser verdad que eso pasa, porque parece que los adultos de España nunca fueron jóvenes. Nacieron ya maduros. Jamás rompieron un plato, nunca bebieron alcohol, tampoco se enamoraron de la persona equivocada, ni llegaron tarde a casa. No estuvieron donde no tenían que estar y menos aún se lanzaron a probar los suculentos bocados de lo prohibido. O sí, lo más probable es que sí, pero al traspasar esa línea y convertirse en adultos fueron alcanzados por una amnesia fulminante que les impide recordar que como todas las personas, ellos no son más que la suma de sus errores y sus vivencias de juventud. Resulta terriblemente ventajista querer endilgar todos los males que nos acosan a la conducta insensata de los jóvenes. Pedir responsabilidad no solo es lícito sino que además es necesario, echar balones fuera y demonizarnos no solo es injusto sino que además es egoísta. 

A todos estos oportunistas desmemoriados, les pediría que antes de volcar todo el peso de la culpa sobre la juventud en general, cerraran los ojos y se esforzaran en rememorar aquel período  que vivieron entre los dieciocho y los veinte años. Puede que algunos se vuelvan a ver con pelo, quizás otros con menos barriga, a lo mejor incluso han mejorado con los años, pero lo importante del ejercicio es que vuelvan a ese tiempo donde fueron libres y empaticen con los chavales que vivimos esa fase de nuestra vida con la libertad recortada. Solo así, empatizando y poniéndonos cada uno en la piel del otro conseguiremos salir reforzados de este naufragio. No hay peor referente que el que no es capaz de escuchar y comprender a su heredero, no hay peor heredero que el que no respeta a sus mayores.

Por eso, con todo el respeto les quiero decir que duelen las acusaciones, porque no todos somos unos maulas y unos inconscientes. Quizás los más irreflexivos fueron los que pensaron que no habría problema con tener a los chavales más de seis meses encerrados. Deberíamos remar todos hacia la misma dirección y utilizar nuestras fuerzas en achicar aguas antes de que se hunda este barco, tirar a los grumetes por la borda no sirve de nada, martirizarlos tampoco. Es más que injusto seguir señalando a personas como Violeta, sobre todo viniendo de usted, que no se olvide de que un día fue joven.

SANTI GIGLIOTTI

Lo peor

Lo peor

Lo peor de las pistolas es que matan, lo peor de las bombas es que explotan, lo peor de los salvajes es cuando los adoctrinan. Lo peor de la trola es creérsela, lo peor de las banderas es cuando sirven como coartada, lo peor de joderte la vida es jodérsela a los de al lado, lo peor de la lengua es cuando no se utiliza. Lo peor de los cobardes es cuando se creen valientes, lo peor de lo justo es cuando se sabe que no lo es, lo peor del hacha es cuando se desentierra, lo peor de la serpiente es que envenena.

Lo peor de las nucas es que también tienen caras, lo peor de las espaldas es que hay otras que duermen al lado, lo peor de la balas son los que las disparan, lo peor de la violencia es la violencia. Lo peor de tu causa es que la crees justificada, los peor de los hijos de puta es que tienen quién los aplauda, lo peor de los que aplauden es que son igual de hijos de puta. Lo peor de los zulos es que se encuentran, lo peor del demonio es cuando se viste de víctima, lo peor del infierno es cuando está lleno de inocentes.

Lo peor de los muertos es que tienen familia, lo peor de los huérfanos es que tuvieron padres, lo peor de las viudas es que tuvieron maridos, lo peor de los padres es que tenían hijos. Lo peor de los sicarios es que no tienen escrúpulos, lo peor de los asesinos es que existan, lo peor del criminal es cuando finge que empatiza.

Lo peor de los impostores es que mienten, lo peor de los que desconocen es que son más fáciles de persuadir, lo peor de los que olvidan es que lo hacen porque les conviene. Lo peor del arrepentimiento es cuando se escenifica, lo peor del perdón es cuando no se pide, lo peor de la sangre es que mancha, y lo peor de esa mancha es que no se va.

SANTI GIGLIOTTI

El alma de la fiesta

El alma de la fiesta

Erick se levanta de la silla después de su jornada de estudio, le quedan aún cosas por hacer, temas que repasar, algunos que no ha podido ni empezar a leer, pero le espera la calle. Se viste rápido, con lo primero que pilla del armario. Ropa cómoda por si toca aligerar el paso. Quita el móvil del enchufe, lo ha cargado a tope porque prevé una noche larga y lo necesita a pleno rendimiento. Tiene un WhatsApp de su novia: “¿q tal la tarde? ¿Ya has salido?”. Va con prisa, responderá luego. Antes de encarar la salida del domicilio se para en el salón donde se encuentran tumbadas en el sofá su madre en duermevela y su hermana totalmente dormida sobre su pecho. Un beso en la frente, una sonrisa cansada y la pregunta de cortesía de cualquier madre ante la inminente salida de un hijo de casa: ¿vas abrigado?.

Baja los tramos de escaleras mientras manda un audio a la parienta, justo después un casco en cada oído y un poco de música para ambientarse. Suena Travis Scott y al ritmo de trap empieza a surcar la calle. Lo han llamado para que vaya a una casa y le coge bastante cerca pero antes tiene que ir a pillar, ya saben. Conoce el camino a la perfección y por eso se permite abstraerse hasta de la música. Es uno de esos momentos de trance en los que las personas nos dejamos hacer y simplemente escuchamos lo que nuestro subconsciente nos plantea. Son esos instantes de intimidad con uno mismo que nos sirven para escrutarnos, para entregarnos a los miles de planteamientos que durante el día hemos censurado y regodearnos en esos deseos, vicios y fetichismos que soterramos en el trastero de nuestra cabeza por el miedo a lo que pensarán los demás.

El toque de queda lo ha cambiado todo, pero él sigue saliendo, lo necesita. Sabe que no hace nada malo pero aún así le entristece cuando se ve tan solo por esos sitios por donde antes estallaban las carcajadas y ahora se pronuncian los grillos. Le da un poco de pena contemplar la vía tan vacía, los bares tan cerrados, las esquinas tan calladas, el traje sin escote de una ciudad tímida y aburrida. Al recoger la mercancía se encamina hacia el destino. Esa es otra, de cuántas nos ha salvado Google Maps, no entiende cómo puede haber personas como su Profesor de Historia que aún aborrezcan la tecnología. Bien usada es lo mejor que hay. Al llegar al destino se para debajo del balcón. Jaleo, música y luces. No hay duda, es aquí. Llama al telefonillo y le contestan con entusiasmo. ¡Sí, sube! Sube las escaleras rápido como el que sabe que lo esperan con ansia. Llama al timbre y le abre un chaval que puede tener su edad perfectamente, le puede la curiosidad y echa un vistazo al fiestón de dentro. Aquí tiene las hamburguesas. Buenas noches. La puerta se cierra en su cara. Baja las escaleras y repara en que ahora por lo menos la mochila amarilla no pesa tanto.

SANTI GIGLIOTTI

Cuando muere un bar

Cuando muere un bar

Ocurre con frecuencia que ciertos acontecimientos te sacuden de forma violenta y te recuerdan que aunque aún eres joven, hace tiempo que traspasaste el umbral de la infancia. Cuando a tu alrededor se derrumban los templos de tu niñez, es cuando empiezas a entender que el mundo está cambiando, que hace tiempo que dejaron de elegirte la ropa tus padres y que el tiempo comienza a convertirse en una cosa importante. 

Hoy me transporto a uno de esos domingos por la tarde en los que mi madre o mi tía harta de que ensuciara la pared a balonazos me sacaba de casa. Yo, uniformado con la equipación del Chelsea recorría el barrio por delante de ellas haciendo gala de mi nefasta conducción del balón mientras intentaba sortear con poco éxito a los peatones. Más de un señor mayor se enfadó alguna vez (con razón), aunque rápidamente acudían mis protectoras al rescate para pedirle disculpas.

Recuerdo nítidamente recorrer la calle Alcaicería al galope y desembocar en la Alfalfa. Al llegar, la plaza ya estaba tomada por el gentío y mientras yo hablaba con el dueño del balón con el que se jugaba para ver en que equipo podía meterme, mi familia aprovechaba para pedir la vez o sentarse si había suerte en los veladores del Bar Manolo. Cada vez que escucho ese nombre, me es imposible no acordarme de esas sillas metálicas que al moverse hacían un ruido tan singular que aún resuena en el desván de mi memoria. La tarde pasaba entre balonazos, zancadillas, raspones y ocasiones de gol frustradas. El terreno de juego era frecuentado por espontáneos con bastón y alguna madre que hacía las veces de árbitro y decretaba el pitido final para su hijo. El arco lo conformaban una vieja cabina de teléfono y un árbol. El que no pasaba la bola era un chupón, el que se tiraba el día haciendo la croqueta un teatrero y el que repartía estopa era un guarro. Los límites de la portería dependían del lanzador y en los penaltis no se podía chutar a fusilón.

Cuando se pitaba el final del partido, que normalmente se decidía a gol de oro sin importar el marcador anterior, todos corríamos con las manos negras y sedientos hacia la mesa en la que nuestros padres estaban. Ya era de noche y empezaban a circular por las mesas las pavías, las espinacas con garbanzos, la sangre encebollá y las cervezas, muchas cervezas. Yo siempre apostaba a caballo ganador y pedía un Nestea y aquella hamburguesa que me sabía a manjar de dioses.

Luego los tiempos fueron cambiando, los años hicieron que las calzonas tornaran en pantalones largos, la camiseta del Chelsea en polo y mis padres por colegas. 

Pero el Manolo seguía allí, y nuestro sitio ya no era el campo sino la barra. Colgamos las botas y nos enganchamos a la cerveza. Nos aficionamos a los caracoles y nos abrimos a aquellas tapas que tanto gustaban a nuestros viejos. Dejamos de lado la hamburguesa, aunque de vez en cuando volvíamos a aquel remanso de pan y carne de la infancia. Abríamos los oídos y escuchábamos y reíamos con las elucubraciones de aquel sanedrín al que antes freíamos a balonazos. Jugábamos a ser adultos con ese ímpetu del imberbe muchacho que apoya el codo en la barra y se desvive por emular a sus mayores. 

Este domingo el Bar Manolo, nuestro ágora, nuestro refugio, nuestro cuartel general se ve obligado a echar el cierre. Somos muchos los que le lloramos, los que a su alrededor hemos ido creciendo. Con esa persiana bajada se desvanecen horas y horas de buenos y malos momentos. Recuerdos de bayetas amarillas, tizas en la barra y camisas blancas con churretes. Se va una parte de la Sevilla de mi infancia y con ella el niño que un día fui. Hemos perdido el Bar Manolo pero hemos ganado un recuerdo. Siempre tendrá un sitio en el paladar de todos aquellos que correteábamos aquellas tardes de domingo. Como dice uno de Carmona, se ha ganado un sitio en el cielo de nuestras bocas.

SANTI GIGLIOTTI

Matar la noche

Matar la noche

Matar la noche, sí. Llámalo así o como te venga en gana, pero durante al menos 15 días estamos asistiendo al asesinato de los hombres lobo, al divorcio de la luna y el trasnochado, al desapego del noctámbulo y la farola. Ha muerto la noche, justo cuando el reloj mudaba la piel, cuando la tarde se empezaba a despedir temprano, cuando el crepúsculo decidía adelantar su retirada. Esa transición acelerada es demoledora, ese abrir y cerrar de ojos que se convierte en un telón que sé que se baja para cambiar en un solo parpadeo de forma apresurada el atrezzo del cielo. Blanco por negro, nubes por estrellas. Contemplarlo desde la ventana da pie al melancólico a cerrar la persiana. Ojos que no ven atardecer que no se siente.

Ha muerto la noche y nosotros lo hemos visto desde nuestra trinchera, desde una barrera a la que antes llamábamos hogar y ahora celda. La vivienda es bonita cuando se añora, quedarse en casa y ver películas en Netflix por la noche con la mantita molaba antes, cuando la gente salía a cerrar bares y te sentías especial por querer hacer un plan de “tranquis”. Ya no hay stories de Instagram con esa escena porque cuando lo opcional se convierte en obligatorio pierde inmediatamente todo el encanto.

Se han pasado a cuchillo a la noche y no hemos podido salir a echar un capote, hemos atisbado desde nuestra madriguera como la encañonaba un toque de queda. Sí, el toque de queda ha matado a la noche ¿Cuál es el problema de llamar a las cosas por su nombre? El pasado domingo el presidente Sánchez durante la última arenga monclovita en la que anunció un nuevo Estado de Alarma que propuso alargar la friolera de seis meses, pidió desde su atril a los periodistas que en consideración para con las personas mayores se abstuvieran de utilizar el término “toque de queda” dada las connotaciones negativas que el vocablo puede representar en el imaginario de nuestros abuelos. Acto seguido propuso acuñar el término restricciones de movilidad nocturnas.

Están acostumbrados a endulzarnos los vocablos, a ponernos vaselina en las palabras punzantes, a engañarnos con eufemismos baratos, a amodorrar a una sociedad que prefiere que le mientan a la cara antes que asumir la cruda realidad. Ese quizás sea uno de los errores garrafales de esta pandemia, el no haber hablado claro desde el principio, el esconder los cadáveres, el regatear las cifras de fallecidos, el vender la piel de un oso que ni habíamos cazado. Aglutinar la mierda debajo de la cama es una solución cortoplacista, a la par que ineficaz ya que llegado el momento tocará mover el colchón. Tapar la verdad no la convierte en mentira.

Llámalo toque de queda, reducción de la movilidad nocturna o “a casita que ya es hora”, pero han matado a la noche porque aunque siga oscureciendo ha perdido esa fragancia que la distinguía. La noche es una macedonia de borrachos, enamorados, piratas y solitarios. El único consuelo que encuentro es el pensar que la calle necesitaba su intimidad, un descanso para poder charlar a solas sin que el barullo los interrumpiera, unas vacaciones para poder volver a nacer. Han ejecutado a la noche, aunque también les digo, es mejor que muera ella a que muramos nosotros, al fin y al cabo ella resucitará antes o después, nosotros no. A partir del 9 de noviembre empezará a revivir según lo que decida tu autonomía. Mientras tanto, solo podemos velarla. Llegará el día en que nos puedan volver a dar las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres y los clientes del bar uno a uno se vayan marchando.

Feminismo a ratos

Feminismo a ratos

El feminismo en este país, al menos como yo lo entiendo, debe estar de luto. Desde hace poco menos de un año hemos asistido a la usurpación del movimiento por parte de una formación política que ha decidido erigirse como la dueña y señora de las mentes y de las conciencias femeninas. El ministerio de igualdad está liderado por una señora que es una ideóloga a tiempo completo y una feminista a tiempo parcial. Resulta extraño ver como Irene Montero presume de luchar contra la dictadura del patriarcado mientras capitaliza todo lo que tenga que ver con el movimiento en su propia figura. Sin ir más lejos, hoy nuestra ministra de igualdad cegada por el odio ha tenido los arrestos de justificar en una entrevista en RNE, la expulsión de Teresa Rodríguez del grupo parlamentario autonómico durante su baja por maternidad: “Yo he tenido dos embarazos muy seguidos, y la política no para mientras estamos de permiso”. Hay que tenerla de plomo derretido para ostentar la cartera de igualdad y soltar esto por la boca. Eso sí que es transfuguismo. Feminismo a ratos, según convenga. Montero defiende solo a las mujeres que piensen como ella y se rindan sumisas a sus irrefutables dictámenes. A las demás que les zurzan. Ella ya ha copado su cuota de feminismo con la encíclica sobre la represión y la opresión que produce el color rosa en las niñas pequeñas. Mucho ruido y pocas nueces.

Tengo la convicción de que es necesario atajar y debatir ciertos temas que conciernen a la figura de la mujer, que la lucha por equiparar derechos y retribuciones no solo es justa sino que además es necesaria, que el techo de cristal sigue existiendo y que su demolición es una asignatura más que pendiente, que siguen vivos hijos de la gran puta que maltratan y que la violencia de género es una lacra que hay que luchar por extirpar de nuestra sociedad. No dudo en que hay que dar la batalla contra la homofobia, la xenofobia y la transfobia, que hay que perseverar para que cada persona sea libre de amar a quien le venga en gana.

Pero este no es el camino, no se puede dejar en manos de una sola persona, ni tampoco permitir que se politice. No se puede hablar de igualdad cuando tu misma tratas a las mujeres de inferiores. Para que esto funcione no puede haber una feminista alfa, sino que hay que buscar un consenso entre feministas que piensen distinto y sean capaces de acercar posturas para avanzar unidas. Todo lo demás será una anécdota, otro intento frustrado por las ambiciones de una supuesta feminista que se quiso hacer la dueña del cotarro. De nada vale ir predicando igualdad si no eres capaz de anteponer tu ideología y tus principios al odio cegador hacia otra mujer, igual que de nada sirve poner un tweet sobre la serie Veneno para quedar bien de cara a la galería y luego ser un retrógrado que persigue con la mirada por la calle. Hoy el feminismo de verdad debe estar de luto. Las mujeres luchadoras, las que pelean para hacer de este mundo un sitio mejor para sus hijas, las que libran una contienda en silencio para llegar lo más alto posible y romper barreras, las que son capaces de ponerse en los zapatos de otra mujer aunque estén en las antípodas del pensamiento, las que odian el postureo. Vosotras sois el verdadero feminismo.

SANTI GIGLIOTTI

La soledad del olvidado

La soledad del olvidado

Abre los ojos y los vuelve a cerrar, mueve los pies bajo las sábanas, comprueba con una mezcla de alegría y resignación que sigue respirando, que se ha vuelto a despertar, que la radio ha dado el pistoletazo de salida a otro día más. Mientras el locutor repasa la actualidad, observa el cielo de su habitación como el que mira una nube que sabe que acabará llorando sobre su cabeza. Al incorporarse se queda un rato sentado en el filo de la cama, mueve el cuello hacia ambos lados. Se enfunda sus zapatillas y con la casa aún sumida en la penumbra se dirige a paso corto a la cocina.

Julián contempla petrificado el hipnótico ruido de la cafetera. Bosteza, se recoloca el pantalón del pijama, desentumece los músculos aún dormidos, dibuja un círculo con los nudillos en los ojos, vuelve a bostezar. Saca el pan de la tostadora. Joder, se le ha vuelto a quemar. Sentado en la mesita de la cocina rasca la parte negra de la tostada. El cuchillo tiembla en sus manos. El inquebrantable silencio del desayuno es ultrajado desde el mismo cielo que antes contemplaba en la cama. En el piso de arriba, la vecina pelea con sus niños, se escuchan los tacones campando por el pasillo, las advertencias, la prisa, las paredes vierten hasta el suspiro de desesperación de aquella madre desbordada.

Julián ríe recordando, probablemente sea la primera y última carcajada del día, pero es que se acuerda de aquellas mañanas donde el trasiego de cabelleras despeinadas recorría aquel mismo pasillo que ahora espera yermo a que sus huesudas articulaciones lo crucen al son de sus crujidos. No hay más vida para los olvidados que la de la mente, no hay más mundo para los aislados que el del recuerdo.

En esa urbe de su cabeza hace tiempo que gobierna una alcaldesa, que es la única con la que entabla largas y distendidas conversaciones, las únicas que le empujan a seguir ejercitando sus cuerdas vocales. Con su Blanquita escucha música, comenta la situación, come, cocina, discute para no perder esa sana costumbre. Le reprocha que le dejase solo tan temprano. Ella como castigo decide callarse un buen rato, como antes, como siempre. Aquellos silencios le matan, bueno, en realidad no, qué más quisiera él.

Ahora se asoma a la ventana para asistir a ese baile de mascarillas, por allí van los nenes de la mano de la vecina hacia el cole, en la parada de autobús esperan varios jóvenes con los auriculares puestos, en la acera de abajo corretea un perro sin collar, la cajera del supermercado hoy llega tarde. El ruido de las persianas metálicas, el rugido del día desperezándose. Él lo pasará en el salón, confinado en su cabeza, con un ojo en la ventana mientras le dice a su Blanquita que hoy tampoco vendrán.

* Son muchas las personas mayores que están sufriendo la pandemia en soledad, condenadas al ostracismo más aberrante, apurando sus últimos días entre el miedo y la desidia. Cámbiale el nombre a Julián y ponle la cara que quieras y si tienes la posibilidad agarra el móvil y llámalo, seguro que le hará ilusión escucharte.

SANTI GIGLIOTTI

FOTO: ÁLEX MORENO FUSTER