Héroe de barrio

Héroe de barrio

Caía la tarde en Vallecas y se aproximaban los fascistas a tensar la cuerda de la democracia. En las vísperas se había anunciado a bombo y platillo que Vox realizaría su performance en la Plaza de la Constitución. El acontecimiento se cocinó a fuego lento, cada uno puso a punto sus armas. Abascal ensayó frente al espejo su mueca más bravucona, Olona hizo lo propio repitiendo ese gesto acusador con el dedo índice que tan bien le sale. La Policía, a la espera de órdenes, hacia cuerpo para la consabida jarana. Los reporteros gráficos preparaban los objetivos y los antifascistas refrescaban las tácticas de guerrilla urbana. Todos los actores que involuntariamente estaban conchabados para contribuir a este sindiós estaban listos. 

Hay barrios que son considerados países. Suelen ser las ciudades de los olvidados, el escondite de los desamparados, la calle por la que echa a andar el alma de sus vecinos. Hay barrios que representan el mundo para muchas personas, poseen un carácter fronterizo que las aleja de cualquier otra realidad que la que se respira en sus límites y un componente identitario que hace que se sientan reflejados en cada baldosa. Las cosas que más se aman son las que se conocen y nos conocen, la antigüedad es uno de los principales atributos del cariño. Por eso, si llevas toda la vida en una burbuja dónde te es indiferente todo lo que ocurra fuera, es normal que te incomode que los señores, que desde chico te han dicho que son los enemigos, irrumpan en lo que es tuyo, en ese territorio olvidado los otros once meses del año. Es normal que te pongas burro, que te la traiga al pairo que en democracia cualquier partido puede desplegar su hipocresía donde le venga en gana. Es normal que el odio y la sinrazón que llevas inyectada en las entrañas te impida calcular que,para ellos, solo eres un peón en su tablero, que la piedra que tiras les favorece, que su único cometido era que tú entrases al trapo. 

Alejandro se había repasado su mohicana y se había ataviado con el chaquetón azul de las grandes ocasiones. Nunca es un mal día para luchar por tus sueños, y el de este chaval era convertirse en un héroe de barrio, en uno de esos bukaneros a los que si se les conoce se les guarda un respeto y si no hay trato se desvía la mirada. El respeto, sobre todo en la calle, siempre se construye a base de leyendas, normalmente adulteradas. Pero para eso, hay que estar dispuesto a mancharse las manos y el expediente. Los antecedentes te tienen que preceder y Alejandro aún no tenía. 

El escenario era inmejorable para el bautizo. El cachorro del abrigo azul decidió colocarse en la primera línea, en la de los valientes. Tuvo el cuerpo en tensión hasta que, tras el lanzamiento de piedras al atril, Abascal, un gallo criado en el corral de la política, decidió saltarse el cordón policial. Ahí comenzó el baile, la policía intentaba aplacar a los manifestantes, los palos se sucedieron, un madero calló al suelo y Alejandro no lo dudó y le pateó la cabeza, con la suerte de que un fotógrafo inmortalizó el momento.Puerta grande. Pero la cosa no acaba aquí, cuando la Policía parecía que conseguía aplacar la situación y la masa claudicaba, nuestro protagonista, envenenado por la adrenalina, adelantó él solo la línea de acción y con los puños en guardia, adoptó una posición de combate que en su cabeza debió de proyectarse épica, pero que en el vídeo que al día siguiente circuló por las redes, se reveló patética. Me siento muy identificado con él. Lo malo no es hacer el ridículo, lo malo es darse cuenta de que lo has hecho. Ojalá nunca enterarse de las veces que hemos hecho el ridículo sin coscarnos. 

Tras su consagración supongo que estaría feliz, pero como casi siempre, las victorias duran lo que tardas en recordar que las derrotas nunca desaparecen. Algún perro viejo se le acercaría y le reprendería por haberse expuesto tanto. Muchos huevos y poca cabeza. Este lunes la policía detuvo a un chaval sin antecedentes que se había rapado la cabeza para intentar despistarlos. El joven que hace apenas unos días le había pateado la cabeza a un subinspector,lloró. Nadie dijo nunca que ser un héroe de barrio fuera fácil.

Calados

Calados

Desconozco en qué momento de nuestra existencia decidimos que el creernos pluscuamperfectos nos haría más felices, ignoro quién fue el cabrón que inventó la policía de la corrección o cuál fue el momento exacto en el que acordamos amoldarnos a todo lo que dictase la nueva secta dominante. Lo único de lo que estoy seguro es de que cada vez hay más jueces y menos personas dispuestas a ser juzgadas, hemos convertido la sociedad en una sala de interrogatorios en la que hay que hablar con sumo cuidado porque no es que todo lo que digas pueda ser utilizado en tu contra, sino que también todo lo que callespodrá condenarte. Ahí fuera hay personas dispuestas a apedrear a quién cuestione los dogmas supremos de este clan. Torquemadas con Twitter e Instagram que hacen del vilipendio su trabajo y de la razón un bien de lujo. La verdad siempre tiene más de un camino, y el que te diga lo contrario es que pretende convertir su mentira en verdadcon el único fin de inoculártela. 

El fin de semana pasado, en el partido que enfrentaba al Cádiz con el Valencia, Diakhaby y Juan Cala tuvieron varios choques durante el encuentro, una cosa común en un deporte de contacto como es el fútbol. En uno de esos lances del juego, tras un rifirrafe en el área del Cádiz, el futbolista francés del Valencia corrió detrás de Juan Cala acusándole de haber proferido un presunto insulto racista, en concreto; negro de mierda. Tras una tangana, los futbolistas del Valencia decidieron abandonar el terreno de juego. Minutos después, ante la posibilidad de ser sancionados y de perder automáticamente los tres puntos, el conjunto ché decidió regresar al campo sin alinear al futbolista supuestamente insultado. Si era complicado entender lo sucedido sobre el césped, resulta igual o más bochornoso lo que ocurrió después. 

Al finalizar la contienda, mucha gente de una manera tan firme como infundada se apresuró a sentenciar al futbolista del Cádiz. Nadie esperó a las pruebas para armar sus argumentos, el único indicio que había era la palabra de Diakhaby. Mientras las condenas y los insultos no tardaron en llegar, las pruebas que certificaran la reprochable actuación del central amarillo sí lo hicieron. De hecho, en un campo de fútbol vacío donde se escucha con nitidez todo lo que dicen los futbolistas y donde más de veinte cámaras filman todo lo que ocurre aún no se ha podido sacar una toma o un audio nítido que pruebe el agravio. Sin embargo, y pese a que el futbolista de Lebrija lo haya negado, para las hordas histéricas de la sinrazón era y es culpable. 

Hace tiempo que nos estamos columpiando por encima de nuestras posibilidades, estamos prostituyendo cosas tan importantes como la presunción de inocencia o el derecho al honor para dejarlas a merced de este burdo tribunal que solo pretende mercadear con temas tan delicados y serios como la xenofobia. Para mí, resulta igual de repugnante que te llamen negro o que te llamen racista sin ni siquiera tener pruebas. Es sorprendente e injusto ver como en este caso, la palabra de Diakhaby ha valido más que la de Cala. Es el testimonio de uno contra el de otro, pero en este juicio sin pruebas firmes, se le ha dado más credibilidad a una de las partes y me gustaría que alguien me explicara por qué. Mientras tanto, y a la espera de que se esclarezca la situación, lo único que le puedo achacar a Cala, porque está probado, es que sea sevillista hasta las trancas. Y eso, al menos para un servidor, si que no tiene un pase.

Sevilla resiste

Sevilla resiste

Por muy duras que sean las circunstancias, siempre hay piedras en los zapatos de las tragedias que no les permiten pisar con determinación en ciertos lugares. Esos últimos bastiones son los que agonizan panza arriba decididos a resistir las catastróficas embestidas del azar. Hace una semana pensaba que el mundo había trocado de manera definitiva dejando dormido en la palabra “antes” todo lo que esperábamos del mañana. Pero ni el mundo es Sevilla, ni Sevilla quiere parecerse a todo el mundo.

Éste, nuestro rincón del sur, se ha empeñado en ser el baluarte de la resistencia, el palo en la rueda de los contratiempos. Esta ciudad enferma de amor propio hadecidido abrazarse y cerrar filas, unirse y disfrutar de las tragedias como solo lo pueden hacer las plañideras moribundas. Sevilla es tan egocéntrica que la mejor manera que ha encontrado de enfrentarse a una pandemia es encerrándose en sí misma, y sus prisioneros, los sevillanos, han tirado la llave al Guadalquivir. 

La gente lleva su mascarilla, las manos huelen a gel hidroalcohólico y la barra del bar está vacía, pero el camarero calvo que con una mano posa la comanda en la mesa, con la otra sube el volumen a la televisión mientras un palio entra en Campana. Fuera piden tres cervezas los cuatro chavales maqueados con sus trajes con su correspondiente pin en la solapa, medalla de la hermandad al cuello, patillas recién rasuradas y gafas Ray-Ban. Ahí anda la pandilla, cumpliendo con los santos oficios del postureo y la cebada. A uno le suena el teléfono y se escucha una marcha. 

Bajando por Asunción camino de Plaza de Cuba, mujeres vestidas de mantilla. En la Maestranza una se hace una foto ante la estatua de Curro Romero. La primavera estárota y el azahar la termina de partir. La cola en el Salvador llega hasta la plaza de San Francisco. Media ciudad visita los templos vestida de gala, la otra media espera en los veladores de fuera con la caña y el cartucho de papas o agolpada en la puerta del nuevo local de la calle Cuna dónde venden gofres con forma de pene. 

Gran idea, la del gofre, como la del alcalde montando los cacharritos. Más cacharritos, menos botellón. Es matemático. Nada como una máquina de boxeo y un puesto de dardos para tener controlada a la chavalada de la ciudad. Raúl estuvo toda la tarde ayer enviciado con el punching-ball y después le consiguió a la Chari el peluche del oso que ella quería. Cuando se lo entregó se bajaron la mascarilla y se dieron un morreo. 

Todo sigue igual, porque que cambien las cosas puede hacer que cambien las personas, no los sevillanos. Y los ojos de los sevillanos son el espejo en el que se pavonea Sevilla, en el que ella misma se jura amor eterno. Podrá no haber Semana Santa, ni Feria, pero lo que es inviable es que no haya cofrades ni feriantes. Porque esta ciudad es esto, costumbre, tradición y pasión, sobre todo pasión por todo lo que sea suyo. Y eso, es lo que la hace muchas veces ser ridícula y despreciable, y a la vez especial y única. No es fácil enamorar rozando siempre el surrealismo.

Superman

Superman

Hay ciertos momentos en la vida en los que algunos acontecimientos se clavan como alfileres en la memoria. Instantes en los que te llega una noticia que por lo imprevisible te sobresalta y hace que se quede grabada en la mente. Se trata de exclusivas perennes que son capaces de desafiar al tiempo y quedarse reposando en algún rincón de la cabeza hasta que llega un mensaje, una llamada o una palabra que comienza por un “no te imaginas lo que ha pasado” o “qué putada”. Es entonces cuando sin motivo aparente, se activa como un resorte un mecanismo que nos hace vivir esa escena más lenta de lo habitual, como si alguien nos avisara de que debiera quedar grabada para una proyección posterior en las salas de cine de nuestra cabeza. 

Recuerdo uno de aquellos primeros días de colegio después de las vacaciones de verano. Mangas cortas, calor en el asfalto del patio. Por los pasillos corría como la pólvora la noticia de que el nuevo director del colegio, un “madriles” remilgado y con tela de mala leche, había llegado al colegio para cambiar las cosas. Aquello se confirmó poco después, cuando se convocó a toda secundaria en el salón de actos para una charla de inauguración del curso. Una marabunta de polos azules copaba la estancia, había alumnos de pie pegados a la pared. Todo el mundo esperaba con expectación la aparición del nuevo pez gordo del que decían los que ya habían tenido el placer de conocerlo que no se andaba con chiquitas y que venía con ganas de dar cera. Además, los que ya lo habían visto coincidían con su enorme parecido a Clark Kent. Es decir, Superman. 

Al entrar el nuevo equipo directivo en la sala, nos pusimos todos de pie, se escucharon cuchicheos y algunas risas, en un tono más bajito del habitual. No cabía duda, el mote estaba bien puesto, el tipo era clavadito a Superman. Entró lento y confiado, mirando a la masa de hormonas que aguardaba en el patio de butacas. Su presencia hizo que el murmullo poco a poco fuese desapareciendo para dejar paso a un silencio casi inédito en este tipo de actos de apertura. Ocupó el centro de la mesa y se dirigió implacable a la sala: “Buenos días, mi nombre es Miguel Pérez y como algunos ya sabréis soy el nuevo director del colegio”. Hasta ahí bien, luego el desconcierto se apoderó de la sala cuando terminó de ratificar que venía a cambiar las cosas. Habló de la uniformidad, de las pulseras, del respeto, de los valores, pero sobre todo dio un titular que cayó como un jarro de agua fría sobre los oyentes: Estaba dispuesto a hacer la guerra contra el tabaco, a ampliar la vigilancia en los recreos y anunció que iba a talar Los Pinos; lugar de encuentro del fumador tabladillo, paraíso fiscal del mechero y la boquilla, enclave estratégico de las mafias de las distintas clases. Historia del Colegio. 

Aquello no sentó nada bien. “Este cabrón va de farol”,“Tócate la polla con el madriles”, “Vamos, yo voy a fumar por mis huevos”. En el ambiente había una mezcla de desafío y de miedo, aquella nueva figura desprendía algo distinto. Era una de esas personas a las que no les hace falta decir las cosas dos veces porque por algún motivo se le prestaba una atención especial, una figura que inspiraba desde el respeto, un respeto casi dictatorial que no se esforzaba en sacar, porque le salía solo. Esto, recuerdo que nos mataba porque siendo una persona correcta, educada y decorosa tenía un halo de superioridad que hacía de supalabra ley en el colegio. 

La verdad es que Superman tenía muchos huevos, y poco a poco se fue haciendo con el colegio. Alguna que otra vez tuve que visitar su despacho en calidad de delegado. El gas pimienta que desalojó el pabellón de bachillerato fue esparcido desde mi clase, y él lo sabía. Ganaba en las distancias cortas, porque de lejos quieras o no, era nuestro enemigo. Hablaba con una coherencia que desnudaba, pedía lo justo y eso, hay veces que no se puede dar. Siempre llegaba hasta el fondo de los asuntos, no perdonaba un sábado a nadie que se lo mereciera y llegó a expulsar a algún amigo. Mentiría si no dijera que alguna vez le tuve ese odio que se le tiene a las personas que te enseñan el camino correcto, el de la frontera entre el orden y la justicia. Todo lo que hacía siempre lo hacía con la razón en la mano y con un fin mayor de fondo; educarnos. 

Ayer, ese Superman sin cabina, pero con despacho, emprendió vuelo hacia las nubes después de haber luchado contra el ELA. Una persona de ley que llevaba sus convicciones hasta último término y que ha decidido dar un testimonio de fe y de esperanza. Yo me quedo con aquel al que se respetaba en los pasillos del colegio por ser como era y que ayudó a formarnos. Me quedo con aquella noche previa a las Carreras de Sanlúcar en la que entre botellas alguien dijo: “Quillo que el Superman tiene ELA”. Me quedo con ese silencio entre el humo y las copas. Ese fue nuestro homenaje, vaya ese último silencio en su memoria. Descanse en paz. 

En memoria de Miguel Pérez (1983-2021)

Parecidos razonables

Parecidos razonables

Ay, España, postrada en la cama mientras le ponen el termómetro los que en la otra mano llevan una navaja para cortar su parte del pastel. Ay, España que de hacerte tanto la mala has acabado por enfermar. Duérmete país, que es mejor dormir las pesadillas que vivirlas. No dejes que te cuenten cuentos, que el de Pedro y el lobo ya no es ficción, que ahora es realidad y además los lobos se han multiplicado y boquean sedientos de poder por los rincones del territorio. Tú que eres tanto de subestimarte y subestimar, que te sientes capaz de reírte de tus propios chistes. Ahora que a Murcia le da por abrir la boca, no estabas preparada para el huracán. El de los tres cerditos, ese también te lo contaron, pero ahora no sabemos cuál será la casa que quedará de pie. 

Suena el ruido de los sables que se afilan, en los despachos los estrategas despliegan mapas y chinchetas, en las calles una acera es para los guerrilleros y la otra para los desesperados. Una semana ha bastado para poner patas arriba un país que ya estaba patas arriba. “Murcia contigo empezó todo” clama un hombre borracho a las 22:00 de la noche mientras lo echan del bar. Protestan otros cuántos por Twitter, adalides del mensaje ventajista: “La irresponsabilidad de nuestros gobernantes no tiene límites”. Jajajaja. Los traidores a la realidad son esos que se creen que el amor idílico de las películas existe, que un día sin sonreír es un día perdido y que la política es justa o limpia. Vamos a ver, tenemos lo que merecemos, porque en el fondo, de una manera o de otra hemos creído en lo que tenemos. Nuestros políticos son el espejo de lo que somos, o lo que es peor, de lo que nos gustaría llegar a ser. 

A ver, Inés, si no sabes torear para qué te metes. Lo de la de Ciudadanos en Murcia es el claro ejemplo de creerte la más astuta de toda la escena, una suerte de Doctora en ciencias políticas que se las prometía muy felices brincando con sus diez diputados y que a lo único que ha llegado es a ser otra más de las que engrosa la lista para ostentar el cargo de Doctor Liendres. En España hay tantos ejemplares de esta especie que podríamos llenar todas nuestras facultades con ellos, por supuesto, sin que el ministro Castells (pariente cercano de Gabilondo) se enterase. 

También somos mucho de hacernos los sorprendidos. Cuando nuestras parejas nos dejan, antes de pensar en los motivos que les han podido llevar a irse, hablamos de traición y transfuguismo. Se han ido porque los han comprado, no porque estén cansados de nosotros. Suele pasar que se quiere abarcar tanto que se acaba perdiendo lo poco que se tiene. 

Luego está lo de la manía que hemos adoptado de calcar los eslóganes trumpistas, en los que se nos propone una disyuntiva. Se han adueñado del tag viral de tik tok en el que un grupo de amigas se desvían a la izquierda o la derecha según sus preferencias; rubios o morenos, altos o bajos, pijos o canis, relación o rollo. Para el 4-M ellos ya han puesto las preguntas; Comunismo o Libertad, Izquierda o Fascismo. Parece fácil, o lo uno o lo otro, creen que te ponen en un brete en el que te ves obligado a elegir, y es mucho más complicado de lo que parece. Ojito con este juego porque a mí se me ha llegado a joder más de un viernes por discutir entre Whisky o Ron con mi compañero de lote. Nos tratan como a niños chicos, el problema es que nosotros les sonreímos desde la cuna de nuestra complacencia. 

Por no hablar de nuestro exvicepresidente que en una de sus iluminaciones nocturnas mientras ve una de una de esas series que tanto le gustan ha decidido que es el momento de volver a pasear las calles como antaño, se le ha antojado dejar la moqueta de la Moncloa y el porche del chalé para volver a desmelenarse megáfono en mano con el pueblo. La gestión y la resolución de problemas aburren, es más divertido jugar al ajedrez humano. Toca volver a desempolvar a Gramsci y sacar del armario el traje de revolucionario de salón. Al del moño me lo imagino yo delante de la tele viendo a Underwood urdiendo una de las suyas mientras dice boquiabierto aquello de: “Bua, eske soy yo literal”. 

Iglesias siempre ha sido el listo de turno que llega a clase cinco minutos antes y le quita al empollón de la clase el workbook para copiarle los ejercicios. El problema es que esta vez Milhouse se ha plantado y le ha dicho que por aquí se va a Madrid y que se la juegue el solito, que a ver si Vallekas paga a traidores. ¡Viva el feminismo de ocasión! El de quítate tú que ahora llego yo. Menos mal que Mónica García mientras sonreía a la cámara le endosaba un par de crochés al usurpador de tarjetas de memoria. 

Más o menos por aquí van los tiros en esta nueva temporada del Reality Show en el que se ha convertido la política española. No pasa un día sin hoguera de confrontación porque ya se ocupan ellos de echarle leña al fuego. Nosotros mientras, seguimos embebidos en el bailar de las llamas. Para que mentirnos, estos servidores públicos sí que nos representan. Este carajal está hecho a nuestra imagen y semejanza. Quedan dos meses muy interesantes y divertidos, en lo que a política se refiere, y nefastos y devastadores para la convivencia social. Españasigue en la cama con sudores fríos mientras suenan tambores de guerra a su alrededor.

Días gemelos

Días gemelos

Siempre ha levantado en mí mucha curiosidad esa capacidad de encontrar la diferencia entre dos elementos que en primera instancia parecen calcados. Gotas de agua que caen de la misma nube, casi al mismo tiempo. Me ha pasado alguna vez, que he tropezado con dos hermanos gemelos y no me ha quedado otra que desechar el llamarlos por sus nombres, aunque me los hubiesen dicho cinco minutos antes. Ahí es cuando aprecias la riqueza de los términos como “quillo”, tan simples y tan amplios a la vez, tan capaces de conjugar la nada y el todo, de apelar a la confianza desde el recelo. 

En esos momentos de incomodidad vas a charlar con los amigos de los protagonistas de tu confusión y estos se echan las manos a la cabeza y se preguntan cómo es posible que no seas capaz de distinguirlos. Todos coinciden en lo diferentes que son, y es porque tienen muy interiorizados los atributos de cada uno. El desconocimiento siempre nos lleva por el camino más corto, el roce, antes de hacer el cariño, nos muestra la singularidad con la que podemos decidir encapricharnos.Cada persona tiene su fachada y por muy parecida que sea a la del edificio de al lado, los que regentan el interior son totalmente diferentes entre sí. Parecerse es un camuflaje involuntario. Apreciar un parecido es la mentira piadosa de nuestros ojos, la trampa de la realidad.

Al hermano del 20, el 21, le han salido los días gemelos. Los pones uno al lado del otro y es imposible apreciar la diferencia. Desde hace un año, vivimos encerrados como hámsteres dándole vueltas a la rueda de unos días que se repiten. Es curioso, porque vivimos un deja vú constante a pequeña escala, en nuestra vida y entorno, mientras en las afueras, en la jungla del devenir social estamos experimentando novedades a todas horas, estamos viviendo tantas cosas por primera vez, que la palabra ‘inédito’ lo único que nos suscita es aburrimiento. En nuestro día a día, vivimos en un bucle recurrente, en una vorágine de cosas que hace 365 noches nos parecerían impensables, y que ahora, se han instalado en nuestra cotidianidad. Y es que, si algo tiene el ser humano, es que es capaz de acostumbrarse a cualquier cosa. Ahora, convivimos con bozales, colonizamos las terrazas de los bares de seis en seis, rehuimos el roce, por acostumbrarnos, desgraciadamente, nos hemos acostumbrado a que se caiga un avión simbólico todos los días. 

En esta rutina de la desgracia, hacemos siempre lo mismo, pero de distinta manera, todo depende del ánimo, que inevitablemente, suele verse afectado. Hay días en los que duermo como un lirón, me acuesto como Koke detrás de la barrera, olvidando la idea de que se está botando una falta y me puedo llevar un pelotazo. Luego, aunque haya descansado relativamente bien, puedo levantarme con el pie torcido y vestirme de Najwa Nimri y ponerme violento con todo aquel que se cruce en mi camino. No es nada fácil relacionarse ahora, antes, el contacto físico y los abrazos nos ahorraban muchos malos tragos. Si por lo que fuera estabas rebotado, podías desahogarte sin hablar, expresarte sin esfuerzo. Ahora la reticencia al contacto nos obliga a expresar nuestra contrariedad soltando todo por la boca, y claro, se dicen cosas que son mejor callarse. Un abrazo es una explicación muda. 

Pero bueno, ahora mismo estamos todos igual, como cuando nos asomamos de noche a la ventana y vemos en el otro edificio una luz encendida. Nos reconforta de alguna manera ese insomnio compartido en la lejanía. Madrid se despereza de un invierno machacón, intentado aparentar una falsa normalidad que no le pega. Mi ciudad suspira por ver revirar un paso, por sentir un pisotón en una bulla. Estamos entrando en esa época en la que todo se vuelve un poco más claro, en la que oscurece más tarde y el sol deja de ser un funcionario para disfrutar de su trabajo. Esos días que piden desempolvar una lista de contactos más larga que la de Antonio Banderas y brindar con todo el mundo. Pero lo cierto es que no será así. Pese a que vaya pidiendo paso la primavera, la vida seguirá lenta y reticente como un coche de autoescuela. Menos mal que están nuestros políticos para aliñar este tedio a golpe de mociones y urnas, de quilombos y cambalaches. Solo pido la paciencia de Gabilondo para poder estar tranquilo mientras caen bombas a mi alrededor, para poder empezar a llamar por su nombre a estos días gemelos, para aprender de una vez a diferenciarlos, y suspirar porque a este año le empiecen a salir los retoños más rebeldes y diferentes. Lo mejor de una pesadilla es que después la vida te parece indiscutiblemente bonita.

Inflando glovos

Inflando glovos

Con la mirada juguetona del que se sabe triunfador, lanzaba Évole hacia el otro extremo de la mesa una interrogación en forma de recordatorio de la realidad, como si la pregunta pudiera pellizcarle el brazo para así cerciorarse de que no estaba soñando: ¿por qué después de 10 años ha accedido a que le entreviste? El entrevistado movió aquella parte superior al labio dónde antes descansaba su icónico bigote y con el aplomo del que tiene una respuesta perfectamente diseñada para cualquier tipo de interpelación, le respondió: “Porque es usted un español perseverante, y la perseverancia siempre tiene premio.”

Cuando lo escuché, me pareció uno de los reconocimientos más honrosos que se le pueden hacer a un periodista. En realidad, a cualquier profesional, sea del sector que sea, o, mejor dicho, a cualquier persona. La perseverancia es un mérito que nosotros mismos nos otorgamos, y, por lo tanto, que otros, máxime si son con los que hemos sido perseverantes, nos lo reconozcan, supone una gesta de la que sentirse orgullosos. 

He estado esta semana reflexionando sobre ello, y he llegado a la conclusión de que la perseverancia no tiene por qué depender del talento, pero en cambio, el talento no subsiste sin perseverancia. Este atributo representa la cualidad de sobreponerse a las dificultades, de no ceder ante los contratiempos, de no cejar en los intentos por mucho que te puedan llegar a tomar por loco o pesado. El empecinamiento a veces también abre puertas. Y sí, es probable que te tomen por loco o por pesado, pero el consuelo del pesado es saber que, teniendo la mollera tan dura, es capaz a fuerza de cabezazos de llegar a romper algún muro. La justicia siempre suele caer del lado del que se ha caído muchas veces. 

El persistente no es el que no pide permiso, sino que es el que es capaz de pedir permiso veinte veces más con la misma cara de cuando lo solicitó en la primera ocasión. Las toallas no se tiran, se lavan. Hasta el guion más pulido y el director más puntilloso, en un momento dado, pueden estar receptivos a un cambio, solo hay que saber y estar.Saber cuando es el momento y sobre todo estar allí para convencer. Siempre hay una manera de apretar las tuercas, de darle una vuelta al tornillo, de encontrar el que creen que hemos perdido. Solo hay que saber buscar la herramienta correcta. Las puertas la mayoría de las vecesse abren con llaves, pero otras, hay que abrirlas con radiografías. 

Todo el mundo tiene historias de resistencias, cada cual se obstina de manera distinta en cosas distintas. En España hay ejemplos. En 2006, un tipo que estudiaba filosofía y que se hacía llamar “Crema”, sacaba un EP que pasó sin pena ni gloria. Quince años y miles de horas de trabajo, absorción y aprendizaje después, ha conseguido que su nuevo proyecto musical pulverice todas las marcas y ha logrado el hito de que sea el mejor debut de un álbum español. Es un hecho que, si en 2006 aquel “Crema” se hubiera rendido, no hubiésemos podido conocer hoy a C. Tangana. Sigo a Tangana desde el 2016 y cada vez que lo he escuchado hablar, me ha impactado la seguridad y la confianza que tenía en su éxito. El pelotazo lo da siempre el que ha pinchado muchos balones. 

La semana pasada también conocíamos a través de una foto, la historia de un chaval que a la espera de que alguien desde su casa encargara una hamburguesa, estudiaba al amparo de una farola convertida en flexo. Lo entiendes todo cuando lo escuchas hablar y no lo oyes quejarse, y te cuenta que su sistema es estudiar de 20 minutos en 20 minutos en cualquier poyete, y te habla de que su sueño es competir en Moto GP. Y es que esa es la clave de las personas que resisten, ese anhelo recurrente que empuja a seguir en los momentos difíciles, esa meta, o ese sueño que neutralice las ganas de mandarlo todo a la mierda. 

No es un momento fácil, sobre todo para nosotros, los jóvenes. El futuro es incierto y la tasa de paro juvenil asciende a un 40%. Por eso solo nos queda encomendarnos a nuestra persistencia, preparar la cara para llevarnos más de un portazo, agudizar el ingenio y endurecer el ánimo. Parafraseando al flaco de Úbeda, vamos a tener que aprender a vivir con un gramo de esperanza en lista de espera. La situación no es fácil, pero es el momento de ganarse ese reconocimiento de “español persistente”. Que no se diga.

Que le den a Marte

Que le den a Marte

Muchas veces deseamos por mucho tiempo lo que se nos antoja maravilloso y revolucionario, fabulamos con avances que nos hagan seguir creyéndonos superiores, planeamos viajes espaciales y nos desvivimos en poner banderas en sitios que luego nos dejan indiferentes. El ser humano ha arribado a Marte, y ha encontrado un descampado perfecto para realizar un macrobotellón. Tanto tiempo de investigación para dar con una explanada desierta que poco o nada tiene para presumir ante Lipa una tarde de junio. La expectación casi siempre lleva bajo el brazo un chasco. Muchas veces a lo conocido le queda aún jugo por exprimir, y casi nunca lo apuramos. Quizás si lleváramos hasta el límite el conocimiento de lo que creemos conocer, nos llevaríamos más de una sorpresa. 

Yo conozco un planeta dentro de nuestro propio planeta, un rincón secreto en el que no habitan extraterrestres, sino personas ordinarias que hacen de lo extraordinario una rutina. Este planeta desconocido se caracteriza porque en su seno las niñas nacen ya mujeres. Son las que maman del pecho de su madre la lava que calienta el mundo del arrecido. Seres de luz que desde que aterrizan en el planeta lloran música, bebés bronceados por una luna exclusiva para sus noches. Figuritas moldeadas con la harina de un costal propio con el que se hace el pan de la comunión de unos pocos afortunados. Sus lágrimas son agua de un río estancado que se divide entre las dos orillas de sus párpados. Las mecen el repicar de unas campanas que llaman a la ceremonia de su contemplación, las olas de una costa que compiten por llegar a la ribera solo para poder estar cerca de ellas. 

Niñas que nacen ya mujeres, pero que nunca obvian la aventura de crecer, transformando su cuerpo a la vez que eclosiona el jazmín. Crecer sin que se note es un don que solo tienen las personas capaces de embelesar. Mirar mucho a alguien hace que dibujemos un cuadro muy personal en nuestra cabeza, que, al ser particular, es solo nuestro. Cada obseso tiene una imagen distinta de la realidad, cada imaginación un pincel. Dos hombres se pueden enamorar de la misma mujer, pero lo que no es viable es que lo hagan por los mismos motivos. 

Estas niñas, al hacerse adultas siguen siendo niñas, no salen de la costilla del hombre, sino de una de un Dios que se hizo mujer. Por eso, llevan la sensualidad hasta en las rodillas, son capaces de coquetear con un bostezo. Tienen el don de unificar el criterio de una belleza desconocida, porque portan una hermosura desinteresada, a la que no le dan importancia. Lo que no se fuerza siempre es lo más bello, lo que no se busca siempre impresiona. Hay mujeres a las que la sencillez les queda mejor que la ostentación, y, al fin y al cabo, la sencillez es la virtud de necesitar poco para hacer mucho. 

Son capaces de hacer estragos en el espíritu más recargado. Reinas del minimalismo, mujeres que engendran la primavera cuando se pintan los labios, que se incrustan en el recuerdo como la arena de la playa en los pies mojados, que poseen la habilidad de reordenar el mundo con una gomilla. Enamoran a los hombres, pero no levantan la envidia de las otras mujeres, porque en el fondo, todas han heredado un rasgo de ellas. Tienen el alma de las sabias que saben lo que es el amor, la picardía de un banco de barrio y la cruz del tesoro en el mapa de su cuerpo. 

Por ellas, soy capaz de recitar el poema de las letras que se esconden, de cantar la canción de las primaveras venideras, de echarme a la calle como el que hace la tarea, como el que lucha por recuperar la asignatura que nunca se impartió, que no es otra que la de la felicidad. Por ellas, soy capaz de escribir cursiladas de este calibre, de llorarlas en la distancia, de dividir mi cuerpo en ocho mitades. Universo prometido, feudo de la hermosura. Ay, tierra mía, madre de esas niñas que nacen ya mujeres pero que crecen al lado de los andaluces. Musa tabernaria, novia de los locos, patrona de la calle. País de los olvidados, virgencita de la alegría, planeta perdido en el espacio del sur. Que le den a Marte, yo me quedo en Andalucía.

Buscando enemigos

Buscando enemigos

Hace una semana, desfilaban en procesión por Madrid cerca de 300 personajes rumbo al cementerio de la Almudena con el fin de rendir homenaje a aquellos españoles que durante la Segunda Guerra Mundial lucharon en las filas de la Alemania nazi. El recuerdo de la conocida como División Azul fue el culpable de unir a lo más granado de la degradación española. Un conglomerado que iba desde figurantes de Torrente, a nostálgicos reprimidos, pasando por esos chavales, que, a fuerza de aburrimiento, no tienen otra cosa más interesante que hacer que raparse el pelo y ponerse unas botas de hierro, con el único fin de sentirse parte de un grupo. A lo mejor les resulta más fácil identificarlos como Juventud Patriota, España 2000 o La Falange, que es como se hacen llamar este clan de descerebrados que presumen con orgullo de ser nazis y fascistas. 

Resulta fácil desentrañar el arquetipo de las personas que se dedican a alborotar las calles un sábado de febrero con proclamas que deberían haberse ido a la tumba junto conla expiración del pasado siglo. Este grupo de iluminados está compuesto tanto por viejos melancólicos de un tiempo que no les ajustó las cuentas, como por chavales, muchos de ellos nacidos bajo el cálido manto de los 2000, que se han leído tres párrafos mal contados del Mein Kampf que repiten como verdaderos papagayos, que hablan de la batalla de Krasny Bor cuál si la hubiesen vivido y que se vanaglorian entre amigotes de escuchar Estirpe Imperial(un verdadero castigo para los oídos). 

Son los mismos que miden su valentía por saludar con el brazo en alto o por portar una pancarta que reza: “Honor y gloria a los caídos”. Los que se vienen arriba entonando “Primavera”, himno oficioso de aquellos soldados españoles que sirvieron a las órdenes de Hitler, aquellosque han visto hasta la extenuación “American Story X” sin haber entendido el verdadero significado de la cinta. Ovejas a las que les reconforta el sentimiento de pertenencia a una tribu urbana que presume de patear cabezas y de pintar esvásticas a su paso. Una tropa que profesa el culto al odio como forma de diversión. Jamás llegaré a entender cuál es esa lavadora capaz de borrar cualquier atisbo de moral y conciencia de las entendederas de estas cabezas huecas.

En esta orgía ideológica del sábado pasado, uno de los momentos álgidos fue protagonizado por una mujer que tomó la palabra para afirmar, mientras su mandíbula bailaba sevillanas, que el enemigo siempre seguirá siendo el mismo: el judío. A la escena no le faltaba un perejil, toda la gama posible de nazis jaleaba las palabras de la joven, mientras cerca de ella un cura, al que se le debía haber olvidado que Jesús de Nazaret era judío, asentía sonriente. Fue él mismo, el encargado de llevar a cabo unoficio religioso frente al monolito de la División Azul que estaba presidido con una corona de flores con una esvástica nazi. Aún no he escuchado que la Iglesia haya tomado cartas en el asunto, y sé que algunos me dirán que esta no es la tónica general entre sacerdotes y que sería injusto juzgarlos a todos por el comportamiento de uno. Pero créanme que esta reminiscencia de los tiempos en losque el clero y los saludos fascistas se mezclaban, no le hace ningún favor como institución. 

Este tipo de especímenes como los del sábado siguen campando a sus anchas por una España maltrecha y herida, dividida y polarizada, que coquetea con el nazismo y el comunismo de una forma muy peligrosa. Una España mirando la sombra de un pasado iluminado por un sol más viejo. Lo del sábado pasado puede parecer una anécdota si no fuera porque el domingo un partido que hizo del discurso contra la inmigración la piedra angular de su campaña se vio premiado con 11 escaños siendo la fuerza más poderosa desde el centro hasta la derecha.

Una España en la que esta semana también salían energúmenos del otro lado a romper escaparates y a incendiar contenedores por el ingreso en prisión del rapero que celebraba la existencia de ETA, Terra i Lliure y el GRAPO. Qué pena que ardan los contenedores y no la basura. Una España hecha cenizas, una España que se traspasa al que peor la cuide. Una España dónde se pide perdón por cosas que no se hicieron y se silba con las manos en los bolsillos cuando uno es culpable. Lo peor de mudarse es no saber a dónde, lo mejor de falsificar un máster es no enterarse. 

Y mientras, en la calle se están amasando los extremos,que velan armas para cuando llegue su momento. Y el vicepresidente del gobierno habla de anormalidad democrática desde el Congreso de los Diputados y su portavoz azuza a los ‘jóvenes antifascistas’, que se dedican a reventar escaparates y quemar contenedores,cabestros que lo único que combaten es el aburrimiento haciendo el bestia. No existen dos Españas, existen muchos gilipollas de la peor calaña. Ojo, porque el odio se ha vuelto a meter hasta el tuétano de una sociedad a la que solo la salvaban los bares. La cosa se está poniendo fea, y por eso, conviene que no olvidemos nunca que, aunque con distinta careta e independientemente de cuál sea su inclinación política, los enemigos siempre son los mismos: los que buscan uno, sin saber, que en realidad, son ellos el mayor peligro.

Las rosas del condenado

Las rosas del condenado

En la película “Heat”, Neil McCauley, un frío y calculador atracador interpretado por Robert de Niro, hablaba de que para ser un buen delincuente es necesario no poseer nada de lo que no te puedas desprender en diez segundos. Para jugar en el filo de la navaja resulta crucial no tener la necesidad de mirar atrás cuando haya que huir, estar libre de cualquier carga que nos haga sentirnos culpables si llega el maldito día, que siempre llega, que te den caza. Solo los que están dispuestos a pagar ese peaje llegan a ser los mejores en el oficio. Pero seamos sinceros, aunque haya mucho bandido sin escrúpulos y sin aparente moral, son muy pocos los que de verdad no tienen ninguna atadura que los haga, al menos, fantasear con tener una vida normal apartada del riesgo. Hasta los gánsters más listos y laureados tienen su talón de Aquiles, que casi siempre viene a ser el mismo; el amor. El amor amansa a las bestias, el amor cambia a las personas y en contrapartida, el amor es capaz de hacer vulnerable hasta al sujeto más poderoso. 

En la peligrosa tarea de delinquir, enamorarse es la trampa más común. Con ella te expones al chantaje y a la extorsión, por no hablar de ese sentimiento de responsabilidad, que, de un momento a otro, se cierne sobre las espaldas del criminal, ni te cuento si te ha dado por formar una familia. Ya no estás solo, ahora hay gente que te espera en casa, el borde del acantilado lo paseas tú, pero de forma indirecta también lo hacen otros, que, aunque no tengan nada que ver, son tus cómplices. Aquí entra la frase manida, pero no por ello menos cierta, de que no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Eso es lo realmente jodido del que vive en el trapecio de lo prohibido, que llega un momento en el que cuando se lanza la moneda al aire y uno se encomienda al azar, tanto la cara, como sobre todo la cruz, ya no solo afectan a su futuro, sino que lo hacen también al de las personas que más quiere. Y en este juego, no hay marcha atrás, el fallo y el descuido siempre se paga con la cárcel. 

Algo parecido le debe estar pasando a Luis Bárcenas, un tipo que trampeó hasta la extenuación en una España donde era fácil trampear. Un caballero trajeado y ambicioso, que como les suele pasar a los de su calaña, se creyó más listo que nadie, mientras que, en realidad, no era más que una simple marioneta en manos de otros más poderosos. La codicia no es buena compañera de viaje y siempre termina por desactivar el instinto y la atención que son más que necesarios para no pisar la mina del engaño. Ocurre que estás tranquilo porque tienes pruebas de que tu golfada atiende a un fin mayor, los tienes cogidos por los huevos, guardas pruebas, pero de repente no solo no los tienes cogidos, sino que además te arrancan la mano. Ahí es cuando te das cuenta de que siempre hay delincuentes más ávidos, peces más gordos, leones con los colmillos más afilados, que pecaste de ingenuo. Miras alrededor y ya no hay nadie, te han cercado, y en la jaula no estás solo, sino que también está la que comparte tu cama. Hiciste tu pecado extensible a los tuyos, es ahí cuando te quieres morir. 

Soy incapaz de no guardar una pizca de compasión y pena por esos pobres diablos que tiraron su vida a la basura, por supuesto, si no han matado a nadie. Aquellos que probaron su propia medicina, los estafadores estafados, los que se quedaron con cara de tontos mientras veían como su vida se desmoronaba. Hasta los más sinvergüenzas aman, a su manera, pero lo hacen. Es una especie de amor a la siciliana, y ojo, que estas personas no son leales a casi nadie excepto a sus mujeres y a sus hijos. La única línea roja del mafioso siempre es su familia y su contradicción es la de poder estar preso de alguien y a la vez poder condenarlo. De ahí que, con su Rosalía en Alcalá Meco, Luis esté maniobrando a la desesperada, intentando tirar de una manta vieja y raída, intentando hacer lo imposible no para salvarse a él, sino para sacar a su mujer. El amor es jodido, el amor sin libertad y culpable lo es más.  Y esto, lo queramos o no es una historia de amor triste y enfangada por el parné, pero de amor. ¿Adónde van las flores del condenado? Feliz San Valentín.